Análisis – El desierto y su semilla

Símbolos e imágenes de la migración

Herida y cicatriz:

En El desierto y su semilla, la herida es material y tangible: es la desfiguración del rostro de Eligia debido al ácido. Y también constituye una afrenta a cualquier orden civilizatorio y la restauración de lo originario-caótico, el “tiempo de licencias” en el que los colores se desligan de las formas. “Esos colores iban dejando atrás toda cultura, se burlaba de toda técnica médica que los quisiese referir a algún principio ordenador”, escribe el narrador: la pérdida de la forma se agencia mediante el hormigueo [fourmillement], que para Durand es una de las manifestaciones de lo animado, aquella que asienta la conciencia sobre el paso del tiempo (Durand, 1981, pp. 66-67). Sobre la herida en el rostro de Eligia (o, mejor dicho: sobre la gran herida en que se convierte el rostro de Eligia) se monta una dimensión simbólica mediante la cual se habla de Argentina, de su pasado y de su presente. La historia de la migración de la familia Sabattini reverbera, entonces, en el viaje a Italia para la reconstrucción del rostro, un viaje en el que se operan inversiones en distintos planos: la inversión del pasado, que ahora debe rearticularse (y cuya máxima metáfora es el rostro herido), la inversión de la lengua (ese italiano que se recupera desde una traducción literal, y que pervierte a la vez la lengua de origen y la de llegada). La herida se convierte en cicatriz cuando el rostro ya está reconstruido, pero deja ver las señales de la artificialidad: tal es el aspecto que adquiere la revisión de la historia, cuya contraparte constante en la novela es el embalsamamiento del cuerpo de Eva Perón. 

idioma:

El lenguaje también opera en la novela como un espacio de deconstrucción y de reconstrucción. Son tres los idiomas que intervienen en la obra (español, alemán, italiano), aunque todos ellos transfigurados mediante el castellano, que funciona como una suerte de filtro universal. El italiano, que aparece a menudo (en los diálogos que el narrador establece en Milán o en los discursos de algunos personajes, como el doctor Calcaterra o el padre de Sandie, que llegan a alcanzar visos místicos), mantiene su sonoridad y su estructura sintáctica, en una suerte de reverso desnaturalizado del cocoliche. Si el lenguaje de los migrantes resultaba de la mezcla del idioma de origen con el de llegada, la materialidad de la escritura, que traduce los parlamentos en italiano, también mantiene las huellas de una relación particular con la lengua. Tal reconstrucción expuesta, que no reniega de las suturas, establece un paralelismo con el rostro de Eligia y también con la historia personal y colectiva, y de esta manera deja huellas en la identidad: “…durante las charlas en los compartimientos del tren he aprendido a sustituir mi apellido paterno por el de mi bisabuelo italiano” (p. 159).

Universidad Nacional de Córdoba (Argentina)